No voy a desglosar qué es la pobreza ni pretendo dar una respuesta a la cuestión de la pertenencia personal de clase. Sólo quiero compartir anécdotas personales que inciden en la perspectiva que tengo de lo que implica la pobreza. Este es un ejercicio de recuperar la experiencia para aclarar la mirada personal. Parto del saber, que saber de pobreza poco (o nada) tiene que ver con los estudios sociológicos de pobreza, ese manojo de categorías y conceptos que parecen tan lúcidos y lucidores.
Aunque nací en la Gran Ciudad, en la vorágine urbanizada del Distrito Federal, viví hasta los diez años en un contexto rural. No fue cualquier contexto rural. Estuve en comunidades muy pequeñas y aisladas. Había pocas localidades cercanas y los caminos, sin pavimento. En uno de esos lugares, el clima invernal incluía nevadas de tal magnitud, que los caminos se clausuraban y no había manera de salir. Había que esperar y clausurar las emergencias.
Asistí a la escuela rural. La única que había en un área enorme. Mis compañeros trabajaban con sus padres en el cuidado del ganado, la siembra y los quehaceres del hogar. Calzábamos sandalias, ropa sencilla. Nunca supimos qué es un uniforme.
Todo el cuadro: el lugar, el contexto y el momento, nos colocaban en los estratos más bajos. Por probabilidad y deducción simple, eramos "los pobres". Así pues, llegué a formar parte de la estadística de infancia mexicana patrocinada por donadores extranjeros. No recuerdo el nombre de la organización, mucho menos de mi generoso "sponsor". Pero recuerdo con claridad que llegaba cada año el día en que sólo escribíamos: había que llenar un formulario con nuestros datos, con narraciones de nuestra familia, los hábitos, y hasta sentimentalismos de agradecimiento.
Yo nunca recibí nada. Todo llegó directo a la escuela. Algunos compañeros recibieron regalos: cepillos dentales, jabones, ropa, juguetes pero eran contados los que recibían algo en concreto. El donativo se destinaba a "la educación" y la escuela quedaba como administrador principal.
Esta escuela fue la más grande de las rurales a las que asistí. Tenía una pequeña huerta, muchos baños (que por falta de costumbre, no se usaban; ir al "baño" significaba salir de la escuela y entrar a la letrina de la señora de enfrente), una gran campana para marcar los tiempos escolares, aulas sin cristales en las ventanas, piso de cemento alisado, ventiladores (que poco sirvieron para los 40 grados centígrados) y una plantilla de maestros con licencia de los padres para golpear niños.
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2 olas marinas:
Se le extra~a amiga del mar y de Mar...
Expectante ante curriculum de pobreza II, III, IV...
Gracias por compartir curriculum de vida a mi vida.
Cuidate
Abrazo Margarita.
(Disculpa, que las digestiones anímicas para escribir no son siempre rápidas).
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