Lo vi tras el cristal de la puerta. Sus ojos gritaron una profunda tristeza y entonces comenzó a llorar. La pastora y yo compartimos miradas y sin poder abrir la puerta, sin saber de la madre de este pequeño de cuatro años, tuvimos que marcharnos.
Nos retiramos dolidas y con una súplica entre labios. Una oración: porque no teníamos al alcance algo más qué hacer. Una oración: porque la impotencia ante la miseria era parte de la miseria nuestra.
Ella no pasaba de los 25. Vivía con su esposo -un joven panadero-, y sus dos hijos. El mayor tenía cuatro años, el más pequeño, un regordete de 10 meses. Comencé a visitarla a la hora convenida: a medio día comenzaríamos un estudio bíblico. Esa era una de las actividades que hacíamos en el grupo de estudio. Además de reunirnos todos una vez a la semana en casa, nos proponíamos tener otro momento de mayor acercamiento y de lectura bíblica.
La primera vez que llegué a su casa me espanté. No era una casa, era un cuarto. No pasaba de más de diez metros cuadrados. No tenía baño, no tenía piso, no tenía techo fijo. La estufa tenía comida de días y nada para comer. Rondaban las moscas; ella apenas despertaba.
Este cuarto estaba en un predio junto a otros cuartos. Eran las "viviendas" que el dueño de la panadería les ofrecía "sin costo" a sus panaderos. Una pocilga auténtica.
El padre de ella había muerto desde su infancia. Su mamá la había abandonado joven. Y era el padrastro quien había hecho lo que podía para ayudarle a salir "adelante".
Sin estudios, sin oficio, ella quería aprender más de la Biblia. Decía que sus hijos le preocupaban, que el pequeño ya no podía quedarse quieto.
Sin agrandar la tragicomedia, sólo quiero decir que ella se separó pronto de su esposo y dejó a sus hijos en manos de la hermana. Hermana menor que por querer terminar sus estudios, dejaba solos a los niños.
Hasta donde supe, siguió una espiral de miseria. En esa vorágine se consumió la medida de nuestros esfuerzos. Pareciera que nada habíamos hecho. Golpe en pared. Ni el gesto amoroso, ni la compañía, ni las despensas mensuales, ni la enseñanza, ni la "cobertura", ni la "unción", nada pareció tener efecto.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)












7 olas marinas:
Mani, veo tu mezcla se sensibilidad conociendo la vida de las personas como es, a fondo, no encuentro una sensibilidad tan inteligentemente contada como lo haces, tan cruda y tan procesada a la vez. Creo que sabes bien de lo que hablas -y me da miedo de donde sacas coraje de entrar en el contexto vivo de la gente- y tienes mucha caminata en soledad (con sol quemante de mejillas)y poca edad pero experiencias fuertes, y una capacidad de comprensión infinita que al mismo tiempo te enferma y te tortura, que la elaboras y la devuelves en un relato / chachetada al que no le falta cordura, sentido, razón, intención y conciencia. Socióloga y escritora te queda ya chico. Hoy deseo que tus pulmones no te asusten ni me asusten.
Tu hermanishi vieja.
Hola caro, por aquí paso para llevarme una herida en el corazón, ya sabes, de esas que son necesarias llevar, esas que sensibilizan. Veré a quien puedo ontagiar hoy, Saludos.
Gracias por compartir esto. Difícil verbo.
Me cuesta escribir sobre este tamaño de fracasos Gaby. Mucho.
Pero aquí lo dejo, lo comparto, así como comparto también las meras intenciones de querer entender y actuar para mejorar las cosas, aunque sea milímetro tras milímietro.
Mi hermanishi vieja me mira con ojos amorosos. Eso pasa.
TE QUIERO
Gusmar, no quise repartir heridas. Disculpa.
Finalmente, es una renuncia firmada al esfuerzo personal. Creo yo. Es lo más "provechoso" que le saco a la experiencia. Abrazo.
Clau, ¿Seguimos escribiendo sobre el tema?.
Abrazo
Claro que sí Caro, este tema lo tenemos pendiente desde hace tiempo, pero no se me olvida y nunca deja de revolotear en mis reflexiones y experiencias, desafortunadamente con dolor, rabia y otros ángulos. Seguimos, ya va siendo hora, escribiendo y dialogando sobre el tema, así, sincera y valientemente como lo has hecho. Abrazos
Publicar un comentario en la entrada